JESUCRISTO, EL SALVADOR DEL MUNDO
Texto principal: Lucas 19:10
Tema central: La obra redentora de Jesucristo: su encarnación, su muerte expiatoria, su resurrección y la salvación que ofrece a todo aquel que cree.
Objetivo: Que el oyente comprenda su necesidad de salvación, conozca la obra de Cristo y reflexione sobre su respuesta personal al evangelio.
1. INTRODUCCIÓN: ¿POR QUÉ NECESITAMOS UN SALVADOR?
Queridos hermanos, amigos y todas las personas que nos acompañan en este espacio, hoy quiero que reflexionemos sobre una de las verdades más importantes de toda la Biblia: la obra de Jesucristo como Salvador.
Quiero comenzar con una pregunta muy sencilla, pero profundamente importante:
¿Por qué tuvo que venir Jesucristo al mundo?
¿Por qué el Hijo de Dios se hizo hombre? ¿Por qué nació en un pesebre, vivió entre nosotros, sufrió el rechazo, fue crucificado y resucitó al tercer día?
¿Fue simplemente un gran maestro? ¿Fue solamente un ejemplo moral? ¿Vino únicamente para enseñarnos a amar, a perdonar y a comportarnos mejor?
No. Jesucristo hizo todo eso y mucho más. Vino a realizar una obra que ningún ser humano podía realizar por sí mismo: salvarnos del pecado y reconciliarnos con Dios.
Leamos Lucas 19:10:
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido».
Este versículo resume maravillosamente la misión de Jesús.
Observemos las dos acciones que aparecen en el texto: buscar y salvar.
Cristo no vino simplemente a esperar que el ser humano encontrara el camino hacia Dios. Vino a buscar al perdido. Vino a acercarse a quienes estaban alejados, a llamar a los pecadores al arrepentimiento y a abrir un camino de reconciliación con el Padre.
Y esto nos lleva a una verdad fundamental: para comprender la grandeza de la salvación, primero debemos comprender la gravedad del problema del que Cristo vino a rescatarnos.
Porque nadie valora verdaderamente el rescate si no comprende de qué peligro ha sido rescatado.
2. EL PROBLEMA DE LA HUMANIDAD: EL PECADO
Para entender la obra de Jesucristo, tenemos que comenzar por el principio de la historia bíblica.
En Génesis 1:27 leemos que Dios creó al ser humano a su imagen. La humanidad fue creada con dignidad, con propósito y para vivir en relación con su Creador.
Sin embargo, Génesis 3 nos relata cómo el pecado entró en la experiencia humana mediante la desobediencia de Adán y Eva.
El pecado no fue simplemente comer un fruto prohibido. En el fondo, representó la desobediencia a Dios y la pretensión de vivir al margen de su voluntad.
A partir de ahí encontramos vergüenza, temor, acusaciones y separación.
En Génesis 3:9, después de la desobediencia, Dios pregunta a Adán: «¿Dónde estás tú?».
No es que Dios ignorase dónde se encontraba Adán. La pregunta pone de manifiesto la nueva condición del ser humano: aquel que antes vivía sin esconderse ahora siente temor y se oculta.
¡Qué retrato tan profundo de la humanidad!
Cuando el pecado entra en nuestra vida, nuestra relación con Dios se ve afectada. Intentamos justificarnos, culpamos a los demás y, en ocasiones, procuramos ocultar aquello que sabemos que está mal.
Pero la Biblia no presenta el pecado como un problema exclusivo de determinadas personas.
Romanos 3:23 declara:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios».
Pablo no dice que solamente pecaron los criminales, los violentos o quienes han cometido grandes atrocidades. Dice que todos pecaron.
Esto significa que nadie puede presentarse delante de Dios afirmando que no necesita su gracia.
Podemos comparar nuestra vida con la de otras personas y pensar que somos mejores. Podemos señalar los defectos de nuestros vecinos, compañeros o familiares. Sin embargo, el criterio definitivo no es nuestra comparación con otros seres humanos, sino la santidad de Dios.
Primera de Juan 1:8 nos advierte que, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos.
Y Romanos 6:23 explica las consecuencias del pecado:
«Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro».
El pecado produce muerte espiritual y conduce a la muerte física; la Biblia también habla del juicio de Dios. Pero el mismo versículo que nos muestra la gravedad del problema nos anuncia una esperanza: Dios ofrece vida eterna como un regalo en Jesucristo.
Aquí debemos detenernos un momento.
Quizá alguien que está viendo este vídeo piensa: «Yo no soy una mala persona. Trabajo, ayudo a mi familia, intento respetar a los demás y no hago daño a nadie».
Todas esas cosas pueden ser buenas. Pero ninguna de ellas puede borrar por sí misma nuestra culpa delante de Dios.
Una persona puede hacer muchas obras buenas y seguir necesitando el perdón divino.
Efesios 2:8-9 enseña que somos salvos por gracia, mediante la fe, y que la salvación no procede de nuestras obras, para que nadie se gloríe.
Esto significa que no podemos comprar la salvación, ganarla como si Dios estuviera obligado a concedérnosla ni presentarnos ante Él exigiendo una recompensa por nuestros méritos.
Nuestra necesidad más profunda no es solamente mejorar nuestra conducta; necesitamos ser reconciliados con Dios.
Y precisamente para eso vino Jesucristo.
3. LA ENCARNACIÓN: DIOS SE ACERCA A NOSOTROS EN JESUCRISTO
Una vez comprendido el problema del pecado, surge otra pregunta:
¿Cómo podía Dios abrir un camino de salvación para la humanidad?
La respuesta central del cristianismo es Jesucristo.
Juan 1:1 declara:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
Y Juan 1:14 añade:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».
Estos pasajes nos muestran que la venida de Cristo no fue simplemente la aparición de otro profeta o de un maestro más dentro de la historia. El Hijo eterno vino al mundo y asumió una verdadera naturaleza humana.
Filipenses 2:6-8 explica que Cristo, existiendo en forma de Dios, tomó forma de siervo y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Pensemos en la profundidad de esta verdad.
El Señor de la gloria entró en nuestra historia. El que vino a salvarnos conoció el cansancio, el hambre, el sufrimiento y el rechazo.
Mateo 4:2 nos dice que Jesús tuvo hambre después de ayunar. Juan 4:6 lo presenta cansado del camino. Juan 11:35 nos muestra a Jesús llorando ante la muerte de Lázaro.
No estamos hablando de un Salvador indiferente al dolor humano.
Hebreos 4:15 declara que tenemos un sumo sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Jesús conoce la realidad del sufrimiento humano, pero hay algo esencial que lo distingue de nosotros: vivió sin pecado.
Primera de Pedro 2:22 afirma que no hizo pecado ni se halló engaño en su boca.
¿Por qué era importante que el Salvador fuese sin pecado?
Porque Jesucristo no vino a ofrecer su propia vida como castigo por una culpa personal. Vino a cumplir la voluntad del Padre y a entregarse por nosotros.
Su vida perfecta forma parte esencial de su obra redentora.
Además, Jesús anunció desde el comienzo que su misión estaba relacionada con el cumplimiento del propósito de Dios.
En Mateo 20:28 declaró que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.
Observemos esa expresión: «dar su vida en rescate».
Un rescate implica que alguien se encuentra en una situación de la que no puede liberarse por sus propios medios y que se paga un precio para obtener su liberación.
Jesús no vino únicamente para mostrarnos cómo debemos vivir. Vino para hacer por nosotros aquello que nosotros no podíamos hacer.
La encarnación nos revela el amor de Dios, pero también nos conduce hacia la cruz.
Porque el niño nacido en Belén era el Salvador que había venido a entregar su vida.
4. LA CRUZ: EL CENTRO DE LA OBRA SALVADORA
Llegamos ahora al corazón del evangelio: la muerte de Jesucristo en la cruz.
Si alguien nos preguntara cuál es el acontecimiento central de la obra redentora de Cristo, tendríamos que señalar su muerte y su resurrección.
¿Por qué murió Jesús?
La Biblia presenta la cruz como un sacrificio por nuestros pecados, una manifestación del amor de Dios y el medio por el cual podemos ser reconciliados con Él.
Leamos Isaías 53:5:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados».
Este pasaje pertenece al retrato del siervo sufriente de Isaías 52:13–53:12, que los cristianos entendemos cumplido en la obra de Jesucristo.
Fijémonos en las expresiones: «nuestras rebeliones», «nuestros pecados» y «nuestra paz».
El texto relaciona el sufrimiento del siervo con la culpa de otros.
Jesús no murió simplemente como una víctima más de la injusticia humana. La Escritura enseña que su muerte tenía un propósito salvador.
Primera de Pedro 3:18 lo expresa de esta manera: Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.
¡Qué palabras tan extraordinarias!
El justo por los injustos.
El inocente por los culpables.
El que no tenía pecado entregándose por quienes necesitaban perdón.
La cruz nos obliga a contemplar dos verdades que nunca debemos separar: la gravedad del pecado y la grandeza del amor de Dios.
Si el pecado no fuese un problema serio, no comprenderíamos por qué era necesaria una obra redentora tan extraordinaria.
Y si Dios no nos amase, no comprenderíamos por qué Cristo se entregó por nosotros.
Romanos 5:8 declara:
«Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros».
Observemos que Pablo no dice que Cristo murió por nosotros cuando ya habíamos arreglado nuestra vida, cuando habíamos alcanzado la perfección o cuando habíamos demostrado que merecíamos su amor.
Dice que murió por nosotros siendo aún pecadores.
Esto es la gracia: Dios no espera a que podamos salvarnos para comenzar a amarnos.
Ahora bien, debemos explicar con cuidado qué significa que Cristo murió por nuestros pecados.
La Biblia utiliza distintas imágenes para describir la salvación.
Habla de sacrificio, redención, justificación, reconciliación y victoria sobre la muerte. No son conceptos idénticos, pero todos nos ayudan a comprender diferentes dimensiones de la obra de Cristo.
Primero, encontramos la idea del sacrificio por el pecado.
Hebreos 9:26 enseña que Cristo se manifestó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar el pecado.
A diferencia de los sacrificios repetidos del antiguo pacto, la entrega de Cristo es única y suficiente. Hebreos 10:10 explica que hemos sido santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
Segundo, encontramos la redención.
Efesios 1:7 declara que tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.
La redención nos habla de liberación. Cristo entrega su vida para rescatarnos de nuestra esclavitud al pecado.
Tercero, encontramos la justificación.
Romanos 3:24 enseña que somos justificados gratuitamente por la gracia de Dios, mediante la redención que es en Cristo Jesús.
Ser justificados significa que Dios declara justo al pecador que recibe por la fe su gracia en Cristo. No significa que nunca hayamos pecado ni que nuestras obras nos hayan convertido en personas perfectas.
Significa que nuestra aceptación ante Dios descansa en la obra de Jesucristo, no en una supuesta justicia propia.
Cuarto, encontramos la reconciliación.
Segunda de Corintios 5:18-19 enseña que Dios nos reconcilió consigo mismo por Cristo.
El problema del pecado había afectado nuestra relación con Dios. Mediante la obra de Cristo se abre el camino para volver a Él.
Y todo esto nos conduce a una de las declaraciones más conmovedoras de Jesús.
En Juan 19:30, poco antes de morir, declaró:
«Consumado es».
No dijo: «He comenzado la obra».
No dijo: «He hecho una parte y ahora el resto depende de que los seres humanos completen mi sacrificio».
Dijo: «Consumado es».
La obra que el Padre le había encomendado había llegado a su cumplimiento.
Esto no significa que después de la cruz ya no debamos arrepentirnos, obedecer a Dios ni vivir una vida transformada. Significa que no añadimos méritos humanos al sacrificio de Cristo para convertirlo en suficiente.
Nuestra obediencia es una respuesta de gratitud a la salvación, no un precio que pagamos para completar la cruz.
Pensemos en ello: si pudiéramos salvarnos a nosotros mismos mediante nuestras obras, la cruz perdería su sentido fundamental.
Pero el evangelio anuncia que Cristo hizo por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos.
Por eso, cuando miremos la cruz, no debemos ver únicamente sufrimiento. Debemos contemplar amor, justicia, gracia y redención.
La cruz nos recuerda la gravedad de nuestro pecado, pero también nos anuncia que existe perdón para quien acude a Jesucristo con fe y arrepentimiento.
5. LA RESURRECCIÓN: JESUCRISTO HA VENCIDO A LA MUERTE
Pero el evangelio no termina con un sepulcro cerrado.
Si Jesús hubiese permanecido muerto, no estaríamos anunciando la victoria del Salvador resucitado.
La resurrección corporal de Jesucristo es fundamental para la fe cristiana.
Leamos Primera de Corintios 15:3-4, donde Pablo recuerda el mensaje que recibió y transmitió: Cristo murió por nuestros pecados conforme a las Escrituras, fue sepultado y resucitó al tercer día conforme a las Escrituras.
Pablo presenta estos acontecimientos como el núcleo del mensaje apostólico.
Jesús murió verdaderamente. Fue sepultado. Y resucitó.
No estamos hablando solamente de que sus enseñanzas siguieron vivas en la memoria de sus discípulos, ni de que su influencia moral permaneció después de su muerte.
El testimonio cristiano proclama que Dios lo resucitó de entre los muertos.
En Lucas 24 encontramos el relato de las mujeres que fueron al sepulcro y recibieron el anuncio de que Jesús no estaba allí, sino que había resucitado.
En Juan 20 encontramos a María Magdalena y a los discípulos descubriendo progresivamente la realidad de la resurrección.
Y en Juan 20:27-29 vemos a Tomás enfrentándose al testimonio de los demás discípulos y encontrándose finalmente con el Señor resucitado.
¿Por qué es tan importante este acontecimiento?
Primero, porque confirma que la muerte no tuvo la última palabra sobre Jesucristo.
Hechos 2:24 declara que Dios lo levantó, poniendo fin a los dolores de la muerte, porque era imposible que fuese retenido por ella.
Segundo, porque la resurrección está estrechamente relacionada con nuestra justificación y nuestra esperanza.
Romanos 4:25 afirma que Jesús fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación.
Tercero, porque garantiza la esperanza de la resurrección de los creyentes.
Primera de Corintios 15:20 declara que Cristo ha resucitado de los muertos como primicias de los que durmieron.
La imagen de las primicias señala el comienzo de una cosecha que llegará a su plenitud. La resurrección de Cristo anticipa la resurrección futura de quienes le pertenecen.
Esto significa que la esperanza cristiana no consiste simplemente en pensar que todo irá mejor mañana.
Nuestra esperanza se fundamenta en una persona viva: Jesucristo.
Quizá alguien que nos escucha está atravesando una enfermedad, ha perdido a un ser querido o siente miedo ante el futuro.
El evangelio no nos promete que nunca lloraremos, que nunca enfermaremos o que jamás experimentaremos dificultades.
Jesús mismo lloró ante la muerte de Lázaro.
Pero Juan 11:25 recoge estas palabras de nuestro Señor:
«Yo soy la resurrección y la vida».
Jesús no ofrece únicamente información acerca de la vida después de la muerte. Se presenta como aquel en quien se encuentra la vida verdadera.
Y en Apocalipsis 1:18, el Cristo resucitado declara que vive por los siglos de los siglos y que tiene las llaves de la muerte y del Hades.
La resurrección nos recuerda que el pecado, la muerte y el sufrimiento no tendrán la última palabra en la historia de quienes pertenecen a Cristo.
El Salvador que murió por nosotros es el mismo que resucitó y vive para siempre.
Por eso anunciamos una salvación que no depende de un héroe del pasado, sino del Señor resucitado.
6. ¿CÓMO PODEMOS RECIBIR ESTA SALVACIÓN?
Después de conocer lo que Jesucristo hizo, debemos plantearnos una pregunta personal:
¿Qué respuesta espera Dios de nosotros?
¿Significa esto que todas las personas son salvas automáticamente, independientemente de su relación con Cristo?
La Biblia nos llama a responder al evangelio mediante el arrepentimiento y la fe.
En Marcos 1:15, Jesús proclama:
«Arrepentíos, y creed en el evangelio».
Observemos que el mensaje de Jesús incluye dos elementos fundamentales.
El arrepentimiento implica reconocer nuestro pecado y volvernos hacia Dios. No consiste simplemente en sentir vergüenza porque hemos sufrido las consecuencias de una mala decisión. Implica un cambio de actitud y de dirección ante Dios.
En Hechos 3:19, Pedro llama a sus oyentes al arrepentimiento y a la conversión para que sus pecados sean borrados.
El arrepentimiento no significa que una persona deba alcanzar una perfección absoluta antes de acercarse a Cristo. Significa que deja de justificar su pecado y se vuelve hacia Dios buscando su misericordia.
El segundo elemento es la fe.
Efesios 2:8-9 nos recuerda que somos salvos por gracia mediante la fe.
Creer en Jesús no es solamente admitir que existió históricamente o que pronunció palabras sabias.
La fe salvadora implica confiar en Jesucristo, en su muerte y resurrección, y descansar en Él como Señor y Salvador.
Romanos 10:9 enseña que la salvación está vinculada a confesar a Jesús como Señor y creer que Dios lo levantó de los muertos.
Y Juan 1:12 declara que a quienes lo recibieron y creyeron en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
No debemos confundir la fe con un mérito que obliga a Dios a salvarnos. La fe es la manera de recibir el regalo que Dios ofrece por gracia.
Pensemos en un ejemplo sencillo.
Imaginemos a una persona que está ahogándose y no puede llegar por sí misma a la orilla. Alguien le ofrece ayuda y le tiende la mano.
Reconocer que necesita ayuda no es lo mismo que recibirla. Tampoco basta con admirar a quien está dispuesto a rescatarla.
Tiene que confiar en esa ayuda.
La comparación tiene sus límites, pero nos sirve para entender que conocer el evangelio intelectualmente no equivale necesariamente a depositar nuestra confianza en Cristo.
Ahora bien, ¿qué lugar ocupan las buenas obras?
Efesios 2:10, inmediatamente después de explicar que somos salvos por gracia mediante la fe, afirma que hemos sido creados en Cristo Jesús para buenas obras.
El orden es importante.
No hacemos buenas obras para comprar la salvación. Hacemos buenas obras como fruto de una vida alcanzada por la gracia de Dios.
Santiago 2:17 advierte que la fe sin obras está muerta.
Pablo y Santiago no necesitan contradecirse. Pablo rechaza la idea de que nuestras obras sean el fundamento de nuestra justificación ante Dios. Santiago rechaza una supuesta fe que solo existe en las palabras y no transforma la vida.
Una persona verdaderamente alcanzada por Cristo comienza a manifestar cambios: aprende a perdonar, lucha contra el pecado, ama al prójimo y busca obedecer la Palabra.
No siempre crecerá a la misma velocidad ni estará libre de luchas, pero su vida comenzará a orientarse hacia Dios.
Tito 2:11-12 enseña que la gracia de Dios se ha manifestado para salvación y nos enseña a renunciar a la impiedad y a vivir de manera justa y piadosa.
¡Qué verdad tan hermosa!
La gracia que nos salva es también la gracia que nos educa y nos transforma.
Por eso, no debemos presentar el evangelio como una licencia para vivir de cualquier manera. Tampoco debemos presentarlo como un sistema de méritos en el que Dios nos acepta solamente cuando alcanzamos un determinado nivel de perfección.
La salvación es por gracia, recibida mediante la fe, y produce una vida nueva.
Segunda de Corintios 5:17 afirma que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es.
Esto no significa que desaparezcan instantáneamente todos nuestros defectos. Significa que nuestra relación con Dios cambia y comienza una vida de transformación bajo la dirección de su Espíritu.
7. ¿QUÉ CAMBIA CUANDO CRISTO NOS SALVA?
Quiero que ahora pensemos en algunas consecuencias de la salvación que Jesucristo nos ofrece.
La primera es el perdón de nuestros pecados.
Colosenses 1:13-14 enseña que Dios nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención y perdón de pecados.
El evangelio no nos dice que nuestro pasado nunca existió. Nos anuncia que nuestro pasado no tiene por qué ser nuestra condena definitiva cuando acudimos a Cristo.
Quizá alguien arrastra años de culpa. Quizá ha tomado decisiones de las que se avergüenza. Quizá piensa que ha ido demasiado lejos para volver a Dios.
Pero Primera de Juan 1:9 afirma que, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad.
No utilicemos este versículo para trivializar el pecado. Utilicémoslo para proclamar la fidelidad de Dios hacia quienes reconocen su pecado y buscan su perdón.
La segunda consecuencia es la reconciliación con Dios.
Romanos 5:1 declara que, justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Esta paz no significa necesariamente ausencia de problemas. Significa que, mediante Cristo, podemos vivir reconciliados con Dios.
La tercera consecuencia es una nueva identidad.
Romanos 8:1 declara que ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús.
Esto no significa que los creyentes nunca necesiten corregir su conducta o reconocer sus errores. Significa que quienes están en Cristo no tienen que vivir bajo la condenación de sus pecados perdonados como si la obra del Salvador fuese insuficiente.
La cuarta consecuencia es la esperanza de la vida eterna.
Juan 3:16 nos recuerda el amor de Dios al dar a su Hijo unigénito para que todo aquel que cree en Él no se pierda, mas tenga vida eterna.
La vida eterna no es simplemente una existencia interminable. En Juan 17:3, Jesús la relaciona con conocer al único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.
Es entrar en una relación con Dios que comienza ahora y alcanzará su plenitud en la eternidad.
Y, finalmente, la salvación nos llama a vivir de una manera nueva.
Gálatas 2:20 expresa la transformación de Pablo: su antigua vida ya no ocupa el centro; Cristo vive en él.
El cristiano no obedece para comprar el amor de Dios, sino porque ha sido alcanzado por ese amor.
No perdona porque el pecado ajeno carezca de importancia, sino porque ha comprendido la misericordia que él mismo ha recibido.
No sirve al prójimo para presumir de superioridad, sino para manifestar el carácter de Cristo.
Y no anuncia el evangelio porque considere que él mismo es mejor que los demás, sino porque sabe que también necesitaba un Salvador.
Esta es una verdad que debemos recordar siempre: la salvación no es un trofeo para presumir de nuestra justicia, sino un regalo de gracia que nos lleva a vivir con humildad y gratitud.
8. CONCLUSIÓN: NO RECHACES AL SALVADOR
Queridos amigos, estamos llegando al final de esta exposición y quiero resumir el mensaje que hemos estudiado.
La humanidad está afectada por el pecado y necesita reconciliarse con Dios.
Jesucristo, el Hijo eterno, vino al mundo y asumió nuestra naturaleza humana.
Vivió sin pecado, entregó su vida en la cruz por nuestros pecados y resucitó al tercer día.
Mediante su obra tenemos la posibilidad de recibir perdón, justificación, reconciliación con Dios y la esperanza de la vida eterna.
La salvación es por gracia y se recibe mediante la fe, acompañada del arrepentimiento y manifestada en una vida transformada.
Ahora bien, todo esto no debe quedarse en una información que escuchamos y olvidamos.
La pregunta es: ¿qué harás tú con Jesucristo?
Puedes escuchar sermones, conocer historias bíblicas, aprender versículos e incluso hablar de religión. Pero llega un momento en el que cada persona debe examinar su propia relación con Dios.
Hebreos 3:15 nos exhorta a no endurecer nuestros corazones cuando escuchamos la voz de Dios.
Y Segunda de Corintios 6:2 recuerda que este es el tiempo aceptable y que hoy es día de salvación.
No estoy diciendo que debamos actuar movidos por una emoción pasajera. Estoy diciendo que no debemos tratar con indiferencia nuestra necesidad de reconciliarnos con Dios.
Si reconoces que necesitas el perdón divino, acude a Jesucristo.
Si te has alejado de Dios, vuelve a Él con arrepentimiento.
Si llevas años confiando en tus propios méritos, reconoce que tu esperanza no está en tu propia justicia, sino en la obra del Salvador.
Y si ya has creído en Cristo, recuerda que tu vida debe ser una respuesta continua de gratitud, obediencia y amor.
Quiero terminar recordando las palabras de Jesús en Juan 14:6:
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí».
El cristianismo no anuncia simplemente un camino entre muchos que podemos seguir según nuestras preferencias. Anuncia que Dios ha provisto en Jesucristo el camino de reconciliación con Él.
La buena noticia es que ese Salvador no permanece en el sepulcro. Vive, reina y ofrece salvación a quienes acuden a Él con fe.
Que nunca perdamos de vista la cruz. Que nunca olvidemos el sepulcro vacío. Y que nunca dejemos de anunciar que hay esperanza para el pecador en Jesucristo.
9. ORACIÓN FINAL
Señor y Padre celestial:
Venimos delante de ti reconociendo que tú eres santo, justo y misericordioso.
Te damos gracias por Jesucristo, tu Hijo, que vino al mundo para buscar y salvar lo que se había perdido.
Gracias porque no nos dejaste abandonados en nuestra condición de pecado, sino que manifestaste tu amor enviando al Salvador.
Gracias por su vida perfecta, por su entrega en la cruz y por su gloriosa resurrección.
Señor, ayúdanos a comprender cada día más la grandeza de tu gracia. Líbranos del orgullo espiritual, de la confianza en nuestros propios méritos y de la tentación de pensar que podemos vivir alejados de ti sin consecuencias.
Danos un corazón arrepentido, una fe sincera y un deseo profundo de obedecer tu Palabra.
Te pedimos por cada persona que ha escuchado este mensaje. Si hay alguien que todavía no ha comprendido su necesidad de salvación, ilumina su entendimiento. Si hay alguien que vive cargado de culpa, ayúdale a buscar tu perdón. Si hay alguien que se ha alejado de ti, guíale de regreso a tu presencia.
Fortalece también a quienes ya han creído en Cristo. Que nuestra vida dé testimonio de tu amor, que nuestras palabras anuncien el evangelio y que nuestras obras reflejen la transformación que tú produces.
Ayúdanos a recordar que no somos salvos por nuestra propia justicia, sino por tu gracia, mediante la fe en Jesucristo.
Que toda la gloria, la honra y la alabanza sean para ti.
En el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Amén.
